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EN EL CENTRO

El día en que Benito Juárez estuvo a punto de morir siendo un niño
Publicado: Marzo 21, 2020

¿Qué Mexicano no ha escuchado el nombre de Benito Juárez? Sería imposible que ha un niño no le hayan enseñado en su preparación académica, al primer presidente indígena. A pesar de ello, aún se desconoce mucho de su vida, principalmente de su niñez. Por eso, hoy te contamos una historia referida por el propio Juárez a su hermano político, don José Maza, en donde el Oaxaqueño, estuvo a punto de morir cuando era a penas un niño. 
¿Que habría sido de Las Leyes de Reforma si Juárez hubiera muerto aquel día?
Esta historia, con tintes de leyenda, fue titulada como; Las horas de mayor angustia de Juárez y publicada en 1904 por el escritor y protegido de Juaréz, Juan de Dios Peza, en la obra Epopeyas de mi patria. Estos escritos tratan sobre los enfrentamientos entre el presidente oaxaqueño y sus enemigos políticos. Asimismo, se cuenta de la terrible travesía por la que pasó el infante Benito Juárez a través de un carrizo que lo llevó a lo profundo de  una laguna, imposibilitando su bajada y poniendo su vida en peligro.

 

Esta es la historia:

 

Aún estaba el águila en el nido.
El hombre que más tarde había de culminar
en nuestra historia como salvador de nuestra
segunda independencia, era un chiquillo que
hablaba en idioma zapoteco y vivía en la humildísima cabaña donde pobre e ignorado naciera.

 

Cerca de su jacal se extendía un lago que
retrataba el diáfano y azul cielo que cobija la
sierra de Ixtlán en el Estado de Oaxaca.
En el lago, adherido a la orilla, surgía un
carrizal, donde el niño indio cortaba las cañas,
y algunas tardes se entretenía en arrancarles,
para arrojarlas al agua, las verdes y carnudas
hojas.
Alguna vez se internó en el macizo de verdura, tratando con infantil codicia de cortar la
caña más larga y más delgada que cautivó sus
ojos.

 

El carrizal yacía sobre una gruesa capa de
tierra y era movible como las antiguas chinampas de que nos hablan los historiadores.
Divertíase el chicuelo en tronchar el carrizo
que más le gustaba, cuando uno de esos vientos
huracanados que sacuden los pinos en las serranías agrestes, empujó aquella chinampa hacia el
centro del lago, con tal velocidad que, cuando
el niño quiso librarse del peligro y saltar en
tierra, le fue imposible porque ya se encontraba
muy lejos de la orilla.

 

Midió con sus ojos brillantes y negros la inmensa distancia, y convencido de que todo esfuerzo para salir de su extraña barca era inútil,
siguió con estoica indiferencia’arrancando una
tras otra las verdes hojas de la caña codiciada.
El viento, cada vez más fuerte, impelió la
chinampa hasta el lejano y opuesto lado de
aquella laguna; pero allí era imposible bajarse,
porque sólo había pantanos inmensos.
Caía la tarde, y desde el sitio donde encalló la
chinampa, el niño logró ver su jacal nativo
como un pequeño punto negro perdido en el
horizonte.

 

Todo era soledad y silencio.
Se hundió el sol tras las crestas de la sierra:
reinó la obscuridad de la noche; el aire frío y
húmedo rizaba apenas las aguas del lago, y el
chiquitín, de pie entre las cañas, ni encontraba
lugar donde acostarse, ni el sueño le cerraba los
ojos, ni el miedo le contraía el semblante, ni un
grito de desesperación se escapaba de su pecho.
Las primeras luces de la mañana lo encontraron en la misma actitud en que se quedó ante el
último crepúsculo.El niño sentía hambre y sed, y de vez en
cuando mascullaba algún tierno cogollo de cañaveral y lo escupía sobre el lago, mirando al
distante punto negro, el jacal, que hoy la República guarda como un monumento de gloria.
Y corrieron las horas; el sol llegó á la mitad
de su carrera y declinó hasta hundirse de nuevo
en el horizonte.

 

En plenas tinieblas sopló de nuevo un viento
fuerte, y cuando el indio niño miro en su derredor, estaban por todas partes retratadas en el
lago las estrellas del cielo.
Sintió, después de algunas horas, que el carrizal se detuvo contra algo macizo y firme; permaneció quieto; esperó la alborada y entonces,
con júbilo, saltó a la orilla.

 

¡Estaba salvado!
El jacal quedaba á larga distancia, pero llegó
a él corriendo y refirió en su dulce lengua zapoteca su triste aventura.
«Esas fueron las horas de mi mayor angustia»,
decía el gran Benito Juárez á su hermano político don José Maza, que fué quien me refirió esta
historia.
Pues Dios miró con ojos de piedad á nuestra
patria — respondió don José, — porque si el carrizal no vuelve impelido por los vientos, acaso
no habría habido leyes de Reforma ni segunda
independencia.