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Luz Portilla
Luz Portilla
Julio 2, 2019

Recordando a Hans Christian Andersen
Publicado: Julio 2, 2019

Traducido a 146 idiomas, Hans Christian Andersen es famoso por sus cuentos, pero su amplia obra comprende varios géneros literarios y es mucho más que un escritor para niños.

En Odense, Dinamarca, una pobre aldea de pescadores junto a las grises aguas del Báltico, vivió un niño cuyos padres eran tan pobres que lo alimentaban con historias fantásticas de hadas y brujas.

Cuando Ane Marie Andersdatten y Hans Andersen se casaron, carecían de muebles y tuvieron que construirlos con sus propias manos, aprovechando la madera que podían conseguir. Hicieron la cama matrimonial con los restos de un ataúd. En esta nació su hijo Hans Christian, el 2 de abril de 1805.

El padre era zapatero y su cabeza estaba llena de sueños que nunca vio realizados. Aunque no pudo estudiar, era inteligente y aprendió todo lo que pudo de forma autodidacta.

Una vez, un estudiante le encargó unas botas. Durante su visita, el muchacho habló de libros, presumiendo lo mucho que había aprendido. Hans vio cómo su padre volvía la cabeza y murmuraba llorando: “¡Así debía haber sido yo!”

La abuela paterna era alta, con ojos azules y finos modales que no habían alterado la pobreza ni la mala vecindad en que vivía. Decía que provenía de una noble familia alemana. Cuidaba el jardín del manicomio y siempre les llevaba flores que recogía allí.

Un día, el pequeño vio a un juglar miserable perseguido por un grupo de niños que le tiraban piedras por las calles, burlándose de él. Cayó enfermo al saber que era su abuelo, quien estaba loco.

El joven zapatero no tenía amigos, era muy reservado y dio todo su amor a su hijo. A los siete años lo llevó al teatro en Odense, visita que marcó el comienzo de las fantasías del niño. Hans recibió muy poca educación, pero su padre cultivó su imaginación, contándole historias fantásticas y enseñándole cómo crear un teatro de títeres.

Le leía las comedias de Holberg, las fábulas de La Fontaine y los cuentos de Las mil y una noches, que quedaron grabadas en la mente infantil. Solo sonreía cuando leía, pues su vida no era feliz.

Pese a su pobreza, Andersen fue un niño mimado. Su padre le construía juguetes y los domingos de verano iban al campo. Su madre los acompañaba una vez al año, durante el único descanso que se tomaba de su trabajo; se ponía un vestido de algodón y llevaba una cesta con bocadillos y cerveza.

Ane Marie era lavandera y sus ingresos ayudaban al mantenimiento del hogar. Orgullosa de que sus sábanas quedaban blancas como la nieve, inculcó en su hijo hábitos de limpieza. Lo vestía con trajes viejos de su marido, que ella misma cortaba y cosía.

Era una campesina supersticiosa y casi analfabeta, pero le legó dos dones preciosos: la relación con el antiguo folklore de su región natal y su firme convicción en el talento del niño.

Tenía buenas relaciones con sus vecinos y, pese a su pobreza, en las fiestas no faltaban en su mesa las comidas tradicionales, como gachas de arroz, pato asado y pastel de manzana navideño.

Contó a su hijo que, de pequeña, la mandaban a pedir limosna en las calles. Sentía tanta vergüenza, que pasaba el día acurrucada bajo un puente, llorando; pese al frío, no quería regresar sin una moneda. El relato quedó grabado en el corazón de Hans, que años después escribió su célebre cuento La niña de los fósforos.

El hogar de los Andersen era tan pequeño que apenas podían moverse, pero el amor lo hacía cómodo. En la única habitación estaban el banco de zapatero, la cama matrimonial y una cuna plegable, donde dormía Hans. Las paredes estaban llenas de cuadros y había un estante con libros y canciones.

Tenía una escalera que conducía a la buhardilla y en el tejado estaba “el huerto”: un cajón de madera plantado con perejil, cebollas y guisantes, que aparece en La reina de las nieves.

El patito feo es el trabajo más autobiográfico de Andersen. Más alto que lo común, desgarbado, con prominente nariz, de movimientos torpes y algo afeminado, soportó muchas burlas, pero finalmente se convirtió en un hermoso cisne.

Tuvo una infancia solitaria. Mientras otros chicos jugaban afuera, él prefería quedarse en casa cosiendo ropa y ensayando con su teatro de títeres. Su madre alentó su interés por el arte e hizo lo que pudo por brindarle los rudimentos de una educación.

Su maestro también lo golpeaba y su mamá lo cambió a una escuela judía de Odense, una decisión increíblemente lúcida para alguien de su época y clase social.

Su padre fue llamado a servir como soldado en las guerras de Napoleón y regresó enfermo. Murió cuando Hans Christian tenía 11 años, por lo que el niño tuvo que trabajar para ayudar a su madre, quien encontró consuelo en el alcohol.

Cuando entró a una fábrica textil, le pedían que cantara para sus compañeros. Estos especulaban si en realidad era una chica y lo desvistieron para averiguarlo. Otra tentativa posterior en una empresa tabacalera dio lugar a nuevas humillaciones.

Ninguna burla hizo tambalear la convicción de Andersen de que le esperaba un destino extraordinario. Cuando su madre volvió a casarse con otro zapatero, las cosas mejoraron para ambos.

Hans Christian Andersen utilizó su hermosa voz para abrirse paso en las casas de los ricos de la ciudad, lo que le permitió conocer al coronel Guldberg, quien consiguió que cantara ante el príncipe Christian, heredero del trono de Dinamarca.

El niño tenía grandes ilusiones, soñaba con estudiar canto bajo la protección del príncipe, quien le ofreció patrocinarlo para que aprendiera un oficio útil. Sin embargo, la voluntad del chico era superior y decidió abandonar su aldea.

A los 14 años, habiendo ahorrado la pequeña suma de 13 rixdales o monedas de plata, Andersen pidió a su madre que le permitiera probar suerte en la gran ciudad de Copenhague, donde no conocía a nadie. Tras consultarlo con una adivina, ella aceptó apoyar a su hijo.

Él quería hacer algo en teatro, no importaba qué. Su primera y absurda idea fue ser bailarín. Se presentó en la casa de Madame Schall, la primera bailarina de Copenhague, e hizo el ridículo.

Fue declamador y titiritero, hasta que consiguió una beca en la Escuela Real de Coro. Cuando su hermosa voz cambió al dejar de ser niño, nuevamente se encontró solo y sin oficio. En extrema pobreza, intentó ser aceptado en el Teatro Real como cantante, bailarín o actor, sin éxito.

Una de sus protectoras hizo una referencia casual al muchacho en términos de poeta. Profundamente conmovido, Andersen supo que, a partir de ese momento, llenaría su mente de literatura y poesía.

Entregó un par de obras al Teatro Real, que fueron rechazadas. Entonces apareció el director teatral Jonás Collin, a cargo de un fondo del rey Federico VI de apoyo económico para artistas; detrás de la miseria del joven, advirtió un gran talento literario.

Collin decidió que debía ponerse a estudiar. Con todos los gastos pagados, lo envió a la ciudad de Slagelse a adquirir una tardía pero necesaria educación.

A los 17 años, Andersen tuvo que incorporarse a una clase con chicos de 11, que se burlaban de él. Demasiado soñador y distraído para ser un estudiante brillante, se aferró a los estudios.

Se nutrió de autores germánicos como Goethe, Schiller y Hoffmann, pero los ingleses William Shakespeare y Walter Scott fueron sus favoritos. Firmó su primera obra, Intentos juveniles, bajo el seudónimo de William Christian Walter: William por Shakespeare, Christian por él mismo y Walter por Scott.

Su maestro Simón Meisling era su peor enemigo. Lo obligaba a estudiar álgebra y gramática griega y hebrea, para distraerlo de su tarea creativa; luego le reprochaba ser mal estudiante.

Cuando su benefactor se enteró del mal trato que recibía, lo instaló en su casa de Copenhague, casi como un hijo. La familia Collin fue para el escritor su única compañía y apoyo. Además de vigilar sus estudios, Collin se encargó de su economía; más tarde lo hizo su hijo Edvard. Andersen les devolvió todas las atenciones recibidas.

La experiencia de su problemática relación con Masling lo inspiró para escribir su poema El niño moribundo, que fue publicado en una importante revista literaria de Copenhague.

Entrenado en forma privada, a los 23 años se inscribió en la Universidad de Copenhague para estudiar Filología y Filosofía, iniciando por fin su exitosa carrera literaria.

Hans Christian Andersen comenzó a ganarse la vida como escritor publicando poesía y obras de teatro, pero su primer éxito fue la narración en prosa Un paseo desde el canal de Holmen a la punta este de la isla de Amage, cuando tenía 24 años.

Luego viajó por Europa. En Alemania, tierra de sus antepasados, se relacionó con importantes intelectuales de Berlín. Sus experiencias le inspiraron poesías, novelas y numerosas crónicas de sus viajes.

El rey Federico VI le concedió una beca para viajar por Francia e Italia, donde recibió la noticia de la muerte de su madre. La novela El improvisador, ubicada en Italia, marcó el comienzo de su fama.

Esto le permitió disfrutar de una beca literaria concedida por el rey,  que le dio la tranquilidad económica necesaria para seguir escribiendo. Pasó varios años tratando de hallar su propia voz.

A los 29 años dedicó su atención a los cuentos de hadas y al folklore que había oído en su infancia. Al año siguiente publicó su primer volumen de cuentos, que incluía La princesa y el guisante, El yesquero y Nicolasón y Nicolasillo.

Las historias se basaban en cuentos populares, pero Andersen estaba consciente de ser pionero en un nuevo género. Coloquial y simple, su estilo estaba lejos del lenguaje florido y contenido didáctico de lo que entonces se escribía para niños.

Su prosa tenía humor y los cuentos estaban construidos con una pureza formal que resultaba novedosa a sus lectores. Pronto apareció un segundo volumen que incluía Pulgarcita, entre otros.

El crítico francés Xavier Marmier visitó Dinamarca, conoció al escritor y publicó un artículo en la Revista de París, junto con una traducción del poema El niño moribundo, que contribuyó a establecer a Andersen como figura destacada de la literatura europea. En 1837 fue traducido al alemán y un año después al ruso.

A pesar de su fama en el exterior, Hans Christian Andersen nunca impresionó al público que quería conquistar: la intelectualidad de Copenhague que personificaba la familia Collin, en especial Edvard, por quien estuvo obsesionado toda la vida y quien, estirado y heterosexual, no estaba en condiciones de corresponderle.

El escritor se enamoró varias veces, tanto de hombres como de mujeres, como la superestrella escandinava del momento, la cantante sueca Jenny Lind. Tenía una necesidad constante de reconocimiento y elogio, pero pasó su vida en soledad.

Su carrera llegó a su apogeo en 1837. Publicó el tercer volumen de cuentos, que contenía La sirenita y El traje nuevo del emperador, obra maestra cuyo título se convirtió en sinónimo de la vanidad humana.

Al año siguiente publicó El soldadito de plomo, que causó profunda impresión en el escritor Thomas Mann. Era el primer cuento absolutamente original de Andersen. En 1844 publicó El patito feo, El ruiseñor, La reina de las nieves y El abeto.

Pasó varios años viajando por Europa, Asia y África, acompañado de algunos jóvenes de la familia Collin, cuya casa llegó a considerar como propia. Viajó a Alemania, Austria, Italia, Malta, Grecia, Turquía y a lo largo del río Danubio, que recorre las ciudades de Budapest, Bratislava, Viena y Praga. El resultado fue el espléndido libro de viajes titulado El bazar de un poeta.

Andersen nunca logró conquistar la admiración de Edvard Collin y los suyos, pero trató de consolarse con la amistad de muchos otros ricos y poderosos.

Pronto empezó a bailar infatigablemente en las cortes europeas, lo que recuerda a su personaje Karen y sus zapatillas rojas. Con la realeza era dócil y sumiso, algo que apreciaban los duques y príncipes que lo invitaban.

Fue huésped del rey Maximiliano II de Alemania, a quien llamaba amistosamente Rey Max y de la reina Victoria de Inglaterra, además de ser recibido por sus propios soberanos.

Un día de 1844 escribió: “Hace veinticinco años llegué con mi atadito de ropa a Copenhague, un muchacho desconocido y pobre, y hoy tomé chocolate con la reina”.

Conoció a los compositores Félix Mendelssohn, Franz Liszt y Richard Wagner, así como a los escritores Víctor Hugo y Charles Dickens, con quien se hospedó un mes en Inglaterra.

Durante treinta años, cada Navidad fue publicado un libro de cuentos de Hans Christian Andersen, traducido de inmediato al inglés, francés, alemán, español e italiano, entre otros idiomas.

A los 53 años, empezó a leer sus cuentos en voz alta. En los años siguientes, leyó con frecuencia para públicos de hasta 900 personas.

Cuando Andersen cumplió 62 años, hubo una gran celebración y lo declararon ciudadano ilustre de su ciudad natal, Odense. El rey de Dinamarca le concedió el título de Consejero del Estado.

Cuando alcanzó mayor renombre, sus viejos amigos ya no vivían. No tenía familia y sufría crisis de soledad. Entonces hizo amistad con dos familias judías de Copenhague: los Henriks y los Melchior.

Eran ricos comerciantes, con grandes mansiones y una activa vida social. En sus hogares alojaban a las más grandes figuras del arte y el escritor se contaba entre sus huéspedes preferidos.

Martín y Teresa Henriks tenían cinco hijos; Moritz y Dorotea Melchior, ocho. Andersen los entretenía haciendo figuritas de papel, agregando un breve verso. Los niños lo esperaban impacientes, se sentaban a su lado y aguardaban a que sacara del bolsillo las tijeras, con las que los divertía largo rato.

En las reuniones musicales y literarias, también era el centro de la atención. Entretenía a los invitados y permitía que ambas familias alcanzaran una posición a la que pocos judíos en Dinamarca podían aspirar. Comía los domingos con los Henriks y los jueves con los Melchior, quienes lo querían y se preocupaban por él.

Cuando enfermó de cáncer del hígado, Dorotea Melchior lo llevó a su casa. Le compró un tradicional arbolito, para levantar su ánimo en la que sería la última Navidad de su vida. También lo sacaba a pasear en carruaje por las calles de la ciudad. Tuvo para él un trato abnegado y no permitió que muriera en un hospital.

Hans Christian Andersen falleció el 4 de agosto de 1875 en el hogar de los Melchior, en Copenhague. Sus contemporáneos comprendieron que había muerto un gran artista. A su entierro asistieron miembros de la realeza.

Su heredero universal Edvard Collin y su esposa habían dispuesto que los enterraran a su lado, último deseo del escritor; se cumplió cuando ellos murieron, años después.

Sin embargo, familiares del matrimonio exhumaron más tarde sus restos y los trasladaron a la tumba familiar, en otro cementerio. Hans Christian Andersen se quedó tan solo en la muerte como lo había estado en la vida.

El escritor ejerció una enorme influencia en la literatura universal. Sus cuentos han sido adaptados a obras de teatro, ballets, películas, dibujos animados, videojuegos, pinturas y esculturas.

La famosa estatua de La sirenita en Copenhague es visitada por decenas de miles de turistas. Odense es una ciudad que vive para su personaje más insigne. En el barrio donde nació, de calles empedradas y casitas de colores, está la de su infancia, que muestra cómo fue la vida del niño y su familia.

En un museo se exponen diferentes ediciones de sus obras traducidas a varias lenguas, informes escolares, manuscritos, su título de la Universidad de Copenhague, recuerdos de viajes y una cuerda que el escritor siempre llevaba consigo, por si se incendiaba su habitación en los hoteles donde se hospedaba.

En la Casa Cultural del Niño Fyrtojet, El yesquero, un actor caracterizado como Andersen y varios niños interpretan las historias del genial escritor. Los pequeños pueden maquillarse, vestirse y actuar como personajes de sus cuentos o leerlos y luego pintarlos.

Hans Christian Andersen jamás tuvo un hogar en Dinamarca, porque prefirió vivir viajando. Hoy no necesita patria, porque siempre está en la de todos, la más preciada: la infancia.