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Luz Portilla
Luz Portilla
Mayo 22, 2019

La vacuna contra la viruela
Publicado: Mayo 22, 2019

La viruela es una enfermedad que apareció hace más de 10 000 años. Se han encontrado pruebas de su existencia en momias egipcias, aunque el primer caso documentado en Occidente procede del siglo XVI.

A finales del siglo XVIII, millones de enfermos de viruela morían en el mundo; quienes sobrevivían quedaban desfigurados o ciegos. Era un padecimiento terrible, para el cual no existía tratamiento.

Este mal, definido como “el más temido de los ministros de la muerte”, despoblaba ciudades enteras. Había un dicho que aseguraba: “De la viruela y del amor, pocos se eximen”.

Un humilde médico rural logró poner freno a este azote de la humanidad. Edward Jenner nació en Berkeley, Inglaterra, el 17 de mayo de 1749, en el seno de una familia protestante.

Desde niño fue un excelente observador de la naturaleza e inició su preparación médica a los 13 años, trabajando en Soadbury como aprendiz de cirujano, bajo la dirección de Daniel Ludlow.

Más tarde viajó a Londres para ampliar sus conocimientos de anatomía y cirugía en el Hospital Saint George, donde fue discípulo del Dr. John Hunter, reconocido profesional.

Jenner manifestó una gran inclinación por la botánica y la zoología. A los 22 años le fue ofrecido el puesto de naturalista en la famosa expedición del Capitán Cook, pero el joven prefirió regresar a su pueblo natal para ejercer como médico rural.

A los 29 años contrajo matrimonio con Catalina Kingscoke, mujer que, no obstante su delicada salud, participó activamente en los trabajos de su marido.

Desde que era estudiante, la cuestión de la viruela preocupaba a Jenner. En una consulta oyó a una joven granjera decir que ella no podía padecerla, pues ya había sido afectada por la viruela del ganado vacuno.

Años después, observó que la creencia era corriente entre los vaqueros de Berkeley. Se propuso investigar si una leve enfermedad de las vacas podría efectivamente conferir inmunidad a los seres humanos contra la mortal y temida viruela.

La viruela bovina producía granos o viruelas en las ubres de las vacas, que luego se reproducían de manera similar en las manos de las muchachas que las ordeñaban. Registró durante años los casos de viruela que se daban entre los granjeros y sus datos confirmaron el conocimiento de los lugareños.

Esto le hizo concebir la idea de elaborar un método preventivo sencillo e inocuo, basado en la viruela bovina, ya que los efectos provocados por esta enfermedad eran poco importantes.

Dudando del éxito de su idea, comunicó sus intenciones a su profesor, el Dr. John Hunter, quien le respondió: “No lo pienses más, ensaya, sé paciente y sé cuidadoso”.

La búsqueda de técnicas para hacerse resistente a las enfermedades infecciosas es tan antigua, que se pierde en los orígenes de la historia.

La viruela era una de las enfermedades más contagiosas de Europa y una de las principales causas de mortalidad. En tiempos de Jenner se trataba mediante la inoculación, en personas sanas, de sustancias extraídas de las pústulas de quienes padecían la enfermedad de forma leve, con resultados frecuentemente fatales.

La variolización o transmisión de pústulas de enfermos de viruela ya se realizaba en la antigua India, pasando luego este conocimiento a China y después a toda Asia.

La introducción en Europa de esta técnica es muy posterior y se debió a lady Mary Wortley Montagu. A los 26 años y recién casada, era famosa por su inteligencia y belleza; pero un ataque de viruela le dejó la cara llena de cicatrices y sin sus largas pestañas.

En el verano de 1716, cuando la viruela castigaba a Turquía, lady Wortley viajó a Constantinopla con su marido, que había sido nombrado embajador, y su hijo de tres años, Edward.

Durante su estancia, se interesó por las medidas preventivas que se tomaban ante la viruela. Los turcos eran inoculados contra la enfermedad, extendiendo una minúscula cantidad de líquido sacado de una pústula de viruela sobre una herida superficial en la piel de una persona sana. Este proceso recibía el nombre de variolación, del latín variola, pústula o varicela.

Si todo salía bien, el paciente desarrollaría una viruela atenuada y benigna, recuperándose sin que le quedara ninguna marca; a partir de entonces sería inmune a la enfermedad. Pero era un método peligroso y una dosis demasiado grande podía conducir a la muerte.

No obstante, la dama hizo vacunar a su hijo Edward, que sobrevivió sin daño alguno. A su regreso a Inglaterra en 1721, el país entero estaba sufriendo una severa epidemia de viruela y Lady Wortley convenció a la princesa de Gales de las ventajas de la variolización.

Su actuación salvó miles de vidas en Inglaterra, pero aquella técnica sería reemplazada a finales del Siglo XVIII por la vacuna del Dr. Edward Jenner, mucho más segura.

En 1788, el Dr. Edward Jenner dio a conocer al cuerpo médico de Londres su idea sobre una vacuna contra la viruela, pero ésta no causó ninguna impresión.

Durante los siguientes años, el científico continuó con sus estudios experimentales hasta el 14 de mayo de 1796, una fecha memorable en la historia de la Medicina.

Tres días antes de cumplir 47 años, el médico hizo la primera vacuna contra la viruela. James Phipps, un niño saludable de 8 años de edad, fue el primer inoculado con secreción recogida de una pústula vacuna en la mano de una lechera, Sarah Nelmes, que se había infectado al ordeñar a su vaca ‘Blossom’.

El pequeño desarrolló una sola pústula en la zona de la inoculación, que sanó rápidamente. Al cabo de tres semanas, Jenner lo inoculó con una minúscula cantidad del pus procedente de una persona enferma de viruela. El niño quedó indemne, con lo cual se demostró la acción profiláctica de la inoculación contra la viruela humana.

El médico inglés infectó al pequeño James con un virus que, obtenido originalmente de la vaca, se parece al de la viruela humana. Este contacto preparó al sistema inmunológico del niño para enfrentar una posible infección con el virus de la viruela humana, evitando que se multiplicara y produjera la enfermedad.

Al virus que utilizó Jenner y que proviene de la vaca se le conoce como “vacuna” y de allí se generalizó el nombre para todo procedimiento en el cual se prepara al sistema inmunológico para responder ante una determinada infección y evitar que la enfermedad se manifieste, o que lo haga en forma grave.

Dos años después, luego de tratar a otras 23 personas de la misma manera, Jenner envió un informe a la Real Sociedad de Londres, pero se lo rechazaron.

Entonces publicó por su cuenta el libro Investigación acerca de las causas y efectos de la vacuna antivariólica, acuñando el nombre en latín para la viruela vacuna, variolae vaccine.

El descubrimiento trajo consigo críticas que muchas veces tomaron formas violentas e injuriosas. Algunos médicos acusaban a Jenner de crear nuevas enfermedades, de convertir a la gente en vaca y un sinfín de acusaciones ridículas. Como otros pioneros, sufrió los ataques y las burlas de charlatanes e ignorantes.

Aunque el sistema científico de la época reaccionó ante la nueva técnica con el mayor de los recelos, la aceptación popular de la vacunación fue inmediata y la verdad se abrió camino poco a poco.

La fórmula se fue propagando de boca en boca por todo el mundo. Napoleón hizo vacunar a los soldados de su ejército y la familia real inglesa también fue vacunada.

Finalmente, el parlamento británico entró en razón y reconoció su hallazgo, otorgándole a Jenner una importante suma anual que le permitió vivir holgadamente, poniendo fin a una plaga que los teólogos definían como “un castigo divino”.

Dieciocho meses después de introducirse la vacunación, el número de muertos por la viruela en Inglaterra se redujo a un tercio de los que antes se daban.

El nombre de Edward Jenner se diseminó por todos los países civilizados. En principio la vacuna se introdujo en Francia e Italia, hasta llegar a propagarse por toda Europa y América.

En 1813, Jenner fue propuesto para su ingreso en el Real Colegio de Médicos de Londres. Este argumentó que sus conocimientos sobre Hipócrates y Galeno eran insuficientes y quiso ponerlo a prueba. Jenner se negó, por considerar que su triunfo sobre la viruela era mérito suficiente. Los caballeros del colegio no estuvieron de acuerdo y no fue elegido.

Sin embargo, el insigne médico recibió gran número de títulos de instituciones como la Sociedad de Medicina de París, el Instituto de Francia y muchas otras agrupaciones científicas, alcanzando en el extranjero un enorme prestigio.

Desde su descubrimiento hasta los últimos días de su vida, Jenner vacunó gratuitamente a los pobres de Berkeley y sus alrededores. Para ello tenía un pabellón en el jardín de su vivienda, al que llamaba el “templo de la vacuna”.

En cierta ocasión, acudieron a éste muchos habitantes de una aldea vecina, que antes habían sido rebeldes a la vacunación. El cambio se debió a que el sacristán de la iglesia del pueblo, cansado de asistir a tantos entierros debidos a la viruela, determinó aconsejar que la única forma de precaución contra la epidemia era la vacunación y los vecinos aceptaron su consejo.

Jenner tuvo tres hijos: Edward, Catalina y Robert. Al primero, de salud delicada, lo perdió en 1810. Su esposa falleció en 1815, año en que el médico se retiró de la práctica profesional.

Catalina y Robert sobrevivieron a su padre, quien en 1820 sufrió un síncope del que nunca se restableció completamente. Jenner murió el 26 de enero de 1823, a los 73 años, víctima de una apoplejía. Los restos del gran benefactor de la humanidad se depositaron en el santuario de la iglesia de Berkeley.

El trabajo del médico inglés Edward Jenner fue divulgado en Europa por Jacques-Louis Moreau de la Sarthe, autor del Tratado histórico y práctico de la vacuna, obra que en 1803 fue traducida al español por Francisco Xavier Balmis, cirujano honorario de cámara del monarca Carlos IV.

Ese mismo año, sensibilizado por la enfermedad que había padecido su hija Maria Luisa, el rey ordenó vacunar a sus hijos. Luego, alarmado por los desastrosos brotes epidémicos que azotaban las colonias españolas, encargó a Balmis que encabezara la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna a América y Filipinas.

El continente americano estaba azotado por esta enfermedad desde 1520 y se cree que la propagación de la viruela, traída por los españoles y desconocida para los indios americanos, tuvo mucho que ver en la desaparición de los imperios maya y azteca.

El Dr. Balmis era perfecto para la misión por su prestigio como cirujano del rey y vacunador, el renombre que le proporcionó la traducción del libro de Moreau sobre la vacuna y sus circunstancias personales, que lo habían hecho viajar varias veces a América.

Francisco Xavier Balmis Berenguer pertenecía a una familia de cirujanos. Se graduó en Valencia y realizó prácticas en el Hospital Militar de Alicante hasta que vino a México en 1779, donde trabajó como médico en el Hospital del Amor de Dios y dirigió el Hospital de San Andrés.

Regresó a España, donde fue reconocido con honores oficiales, siendo médico de cámara de Carlos IV, consultor honorario de cirugía de los ejércitos reales, profesor de medicina y socio corresponsal de la Real Academia Médica de Madrid.

Balmis perteneció a una generación de médicos que aspiraron a la modernización científica y social de la sociedad española, como ocurría en países más avanzados. Su vida fue una constante aventura científica.

Al iniciar la famosa expedición, ante la inexistencia de sistemas de conservación y refrigeración adecuados para asegurar la supervivencia del virus, Balmis ideó transportarlo en el organismo de 22 niños sanos, que irían siendo inoculados sucesivamente con el virus extraído de las pústulas del vacunado la semana anterior, formando así una cadena humana para salvar vidas.

El monarca español consideró que los niños del Colegio de Expósitos de La Coruña eran los idóneos para realizar la travesía, por estar más familiarizados con la mar.

Debían tener entre 8 y 10 años y no haber padecido viruela. Cada uno llevaría, como equipaje: seis camisas, un sombrero, tres pantalones y tres chaquetas de lienzo, un pantalón y una chaqueta de paño, tres pañuelos para el cuello, tres para la nariz y un peine.

El miércoles 30 de noviembre de 1803, la corbeta Maria Pita, al mando del Teniente de Fragata Pedro del Barco, tenía todo dispuesto para partir y la expedición, bajo la responsabilidad de Balmis, zarpó del puerto de La Coruña hacia Hispanoamérica, Filipinas, Cantón y Macao.

El viaje filantrópico fue tempestuoso y accidentado. Los expedicionarios soportaron epidemias, sobrevivieron a un naufragio y vencieron en muchos de los países americanos las suspicacias de la población.

Desde Canarias, la expedición llegó a Puerto Rico y luego pasó por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. En México se le tributó al Dr. Balmis una gran acogida, siendo conocido por sus viajes anteriores.

Aparte de las decenas de miles de vacunaciones realizadas, el galeno creó las Juntas Centrales de Vacunación, para organizar y enseñar a los médicos locales su ejecución. Una vez cubierto el territorio colonial americano, organizó otra expedición a Filipinas, en esta ocasión con 26 niños mexicanos.

Tras cumplir con éxito su misión, regresó a España en septiembre de 1806. Había dado la vuelta al mundo en más de dos años y medio. Carlos IV nombró a Francisco Xavier Balmis inspector general de la vacuna en España y las Indias, así como cirujano honorario real. Murió, pobre, en 1820.

Edward Jenner, enterado de la gesta de su colega Balmis, comentó: “No me imagino que en los anales de la historia haya un ejemplo de filantropía tan noble y extenso como este”.

A pesar de haber sido casi derrotado por Jenner, el virus de la viruela no se rindió del todo y en el siglo XX dio sus últimos coletazos.

En 1967, la Organización Mundial de la Salud organizó una campaña para eliminar la viruela de la faz de la Tierra, que culminó diez años más tarde al registrarse el último caso conocido en Somalia.

En 1980 se declaró la extinción oficial de la viruela, primera enfermedad vencida totalmente por el ser humano. Actualmente se conservan muestras del virus en algunos laboratorios de Estados Unidos y Rusia.

Supuestamente iban a ser destruidos definitivamente en 1999, pero la Organización Mundial de la Salud prolongó el plazo después de que 37 países firmaran una solicitud donde argumentaban que aún quedaban estudios por hacer sobre este virus, para contribuir aún más al desarrollo de la epidemiología.

Sin embargo, la sospecha de que importantes cantidades no declaradas de este virus pudieran estar en poder de otros países y ser usadas como estrategia bélica o terrorista, preocupa a muchos.

La viruela es una de las 11 enfermedades que el organismo de las Naciones Unidas ha previsto que podrían ser utilizadas por grupos extremistas en ataques con armas biológicas.

La inoculación contra la viruela dura a perpetuidad, pero los programas nacionales de vacunación se interrumpieron a principios de la década de 1980, lo cual significa que muchos jóvenes no tienen protección contra la enfermedad.

La Organización Mundial de la Salud estima que hay unas 90 millones de dosis de vacuna contra la viruela almacenadas por los gobiernos para su uso entre la población civil, más una cantidad no precisada reservada para uso militar, que serían insuficientes para enfrentar un ataque de esas características.

Esperemos que esto no suceda y que el triunfo sobre la viruela siga siendo una inspiración para médicos y científicos, en su incansable lucha contra otras enfermedades que aún aquejan a la humanidad.

 

Investigación y guión: Conti González Báez