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Febrero 13, 2016

Los ancianos y el Papa francisco
Publicado: Febrero 13, 2016

 “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común” (12.11.2012). Benedicto XVI

 

El papa Francisco en una de sus homilías en Santa Marta (19.11.13), lamenta que en la actualidad no se valore a los ancianos en la familia y en la sociedad, corriendo el peligro de quedarnos sin memoria y en consecuencia sin fututo.

Por desgracia es verdad que en ocasiones parece que los ancianos estorban o fastidian. Son descartados, marginados de la vida activa de la familia por considerarlos indeseados, por sus ideas insistentes o modos de ver la vida.

El papa nos enseña el cuidado que debemos dar a los abuelos, a los ancianos por la herencia que nos entregan. Esto cuidará la fe de los jóvenes. A demás su experiencia puede ser aprovechada e integrada en la formación de las generaciones actuales.

La vida de los ancianos se ha prolongado, pero la sociedad no se ha prolongado a la vida.

El número de los ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado suficientemente para hacerles lugar a ellos. Mientras somos jóvenes, tenemos la tendencia a ignorar la vejez, como si fuera una enfermedad que hay que mantener a la distancia.

Luego, cuando nos volvemos ancianos, especialmente si somos pobres, estamos enfermos o estamos solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada sobre la eficacia, que en consecuencia, ignora a los ancianos. Los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.

En occidente, los estudiosos presentan el siglo actual como el siglo del envejecimiento: los hijos disminuyen, los viejos aumentan. Este desequilibrio nos interpela, es más, es un gran desafío para la sociedad contemporánea.

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Un papa cercano a los ancianos.

Desde su ministerio en Buenos Aires como arzobispo, el papa Francisco tocó con la mano esta realidad con sus problemas. Nos decía que los ancianos son abandonados, no solo en la precariedad material, sino también:

  • En la egoísta incapacidad de aceptar sus limitaciones que reflejan las nuestras.
  • En los numerosos escollos que hoy deben superar para sobrevivir en una civilización que no los deja participar, opinar ni ser referentes según el modelo consumista de “solo la juventud es aprovechable y puede gozar”.

La ancianidad es una vocación. No es el momento todavía de “tirar los remos en la barca”. Este periodo de la vida es diverso de los precedentes, no hay dudas: debemos también “inventárnoslo” un poco, porque nuestras sociedades no están listas, espiritualmente y moralmente, para darle a este, en este momento, su pleno valor.

La oración de los ancianos y abuelos es un don para la Iglesia, ¡es una riqueza! Una gran inyección de sabiduría también para la entera sociedad humana: sobre todo para aquella que está demasiado ocupada, demasiado absorbida, demasiado distraída.

Es una bella cosa la oración de los ancianos:

Nosotros podemos agradecer al Señor por los beneficios recibidos, y llenar el vacío de ingratitud que lo rodea.

Podemos interceder por las expectativas de las nuevas generaciones y dar dignidad a la memoria y los sacrificios de aquellas pasadas.

Nosotros podemos recordar a los jóvenes ambiciosos que una vida sin amor es árida.

Podemos decirles a los jóvenes temerosos que la angustia del futuro se puede vencer.

Podemos enseñar a los jóvenes, demasiado enamorados de sí mismos, que hay más alegría en dar que en recibir.

Los abuelos y abuelas forman el “coro” permanente de un gran santuario espiritual, donde la oración de súplica y el cántico de alabanza sostienen la comunidad que trabaja y lucha en el campo de la vida.

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