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BLOG: Opciones de Vida
Carlos Gil
Carlos Gil
Especialista en Programación Neurolingüística
Enero 9, 2017

LA ERA DE LA VELOCIDAD
Publicado: Enero 9, 2017

TOMADO DEL LIBRO “LA ERA DE LA VELOCIDAD” DE VINCE POSCENTE.

Estamos dispuestos a hacer drásticos sacrificios para alcanzar una mayor velocidad y poder hacer frente a las nuevas prioridades y exigencias de nuestra sociedad actual. Hemos creado una cultura que está cambiando nuestra manera de trabajar, relacionarnos, comunicarnos y vivir. Está cambiando lo que constituye el éxito de una persona un poco y lo que hace viable una organización. Y está cambiando aspectos clave de la experiencia humana básica.

Pero la capacidad actual para acceder a la velocidad está transformando nuestra búsqueda de ella. Con el boom de la tecnología que nos permite alcanzar velocidad en cualquier forma imaginable, la velocidad ya no es un lujo, es una expectativa. Y cuanta más conseguimos, más parecemos querer. Correo electrónico, agendas electrónicas, música descargable, noticias en tiempo real, cajeros automáticos o cámaras digitales: la tecnología ha introducido en la velocidad en todos los aspectos de nuestras rutinas diarias. El listón se ha elevado y nuestras opciones de acelerar parecen infinitas. En la actualidad no sólo nos diferenciamos entre los que tienen y los que no, sino también entre los que tienen y los que tienen primero.

Ansiamos la velocidad y no estaremos satisfechos hasta que la consigamos. Nuestra tolerancia en relación con la lentitud ha descendido tan espectacularmente como se ha incrementado nuestro anhelo de velocidad. Hoy, el tiempo de espera y los tiempos muertos se consideran intolerables. Nuestra tolerancia es tan baja que el 23% de los estadounidenses declara que pierde la paciencia a los cinco minutos de hacer cola. Aunque superficialmente todo esto pueda parecer es inmaduro y caprichoso, la esencia de nuestra intolerancia puede estar enraizada en algo absolutamente razonable: cinco minutos de espera es el equivalente a rendir cinco minutos de nuestro bien más preciado, el tiempo.

Hemos explorado el potencial de cada minuto y sabemos lo que se puede lograr en cinco minutos. Cuando nos vemos obligados a ir más despacio por un agente externo, nos están robando las cosas que habríamos logrado durante ese tiempo.

Nuestra necesidad de velocidad se ha hecho más fuerte imperiosa, y es más difícil escapar a ella porque podemos plantearnos más opciones, y podemos hacerlo porque no está la cultura, se ha expandido. Según Daniel Hamermesh, Profesor de económicas en la Universidad de teca, Austin, nuestro progreso, nuestro éxito, ha hecho que nuestro tiempo sea cada vez más valioso. A cada año que pasa, nuestros minutos se hacen más valiosos y más costosos:

Es una simple cuestión de oferta y demanda. Hay una creciente demanda de tiempo, pero una oferta del mismo prácticamente estática. Y la solución a este conflicto es la velocidad: si no podemos añadir más horas al día, y el número de años de una vida sólo se está incrementando ligeramente, debemos movernos más rápido si tenemos que hacer todo lo que queremos -y podemos- hacer.

Pensamos en dos niños en un parque de atracciones. Ambos tienen una hora para ver todo lo que quieren ver y hacer todo lo que quieren hacer. Uno de ellos tiene cinco dólares. Con ese dinero tiene suficiente para hacer una sola cosa, por lo que debe tomar una decisión importante. ¿Debe montar en su atracción favorita o comprar sus chucherías preferidas? ¿Qué le va a proporcionar más placer, la noria (rueda de la fortuna) o en la manzana de caramelo? Independientemente de lo que elija, una hora es tiempo más que suficiente para hacer lo que puede permitirse hacer.

La otra es una niña y tiene veinte dólares, pero también una sola hora para gastarlos. Quiere una manzana de caramelo, una nube de azúcar (algodón), una bolsa de ositos de caramelo, una vuelta en la noria (rueda de la fortuna) y otra en la montaña rusa. Ella se lo puede permitir, pero ¿tiene tiempo suficiente? No puede pasar mucho rato haciendo una sola cosa o perderá la oportunidad de hacer el resto. Una larga cola de espera en el
puesto del algodón de azúcar y puede implicar perder la oportunidad de subirse a la noria (rueda de la fortuna). Para hacer todo lo que ella quiere, todo lo que ella podría hacer potencialmente, tendría que encontrar formas de hacerlo todo más rápido. Tiene que sacar el máximo partido de cada momento. Su necesidad de velocidad es superior a la del primer niño.

Puesto que tenemos vidas finitas y deseos infinitos nuestra demanda de velocidad aumenta en relación con lo
que potencialmente podemos lograr.

Actualmente tenemos a nuestro alcance la posibilidad de hacer montones de cosas. No sólo podemos plantearnos más opciones si no que la oferta de éstas es mayor. Y ello es resultado no sólo del crecimiento económico sino también de los avances tecnológicos. Gracias a los teléfonos móviles, el acceso remoto a las redes, las facilidades para viajar e Internet, tenemos más opciones de trabajo y más oportunidades de actuar.

Sin embargo, salvo una catástrofe económica y un súbito plantón en el desarrollo tecnológico, el número de opciones a nuestra disposición no va a decrecer de momento. Ciertamente, podemos elegir no poner en práctica todas las opciones disponibles, pero el número de las que existen continuará creciendo con independencia de nuestras preferencias personales. De manera que, preparados o no, es el momento de adaptarse a nuestro nuevo volumen de opciones, y tal vez incluso es el momento de apreciarlas como una oportunidad de incrementar la cantidad de cosas que hacemos, incrementar nuestra cantidad de vida.

Con más opciones a nuestra disposición, podemos perseguir más sueños. Y puesto que tenemos una capacidad sin precedentes para realizarlos, nos las arreglamos para hacer realidad una mayor cantidad de sueños. Puede que no seamos capaces de añadir más horas al día, pero hemos encontrado vías para sacar el máximo partido de cada momento. La diferencia entre lo que podemos llevar a cabo en sesenta minutos actuales y lo que podíamos hacer en una hora hace treinta años es asombrosa.

Cada vez que dedicamos menos tiempo a realizar una tarea sin importancia creamos la posibilidad de dedicar
más tiempo a lo importante, ya sea poner en marcha un negocio o contemplar un atardecer.

¿Para que necesitamos la velocidad? No porque se nos vaya a caer el mundo encima; la necesitamos porque nos permite vivir vidas más plenas. Entonces, ¿por qué sigue diciéndonos esa vocecita en nuestro interior que vayamos despacio?

Pero si continuamos rechazando la velocidad nunca seremos capaces de ir más allá. Estaremos en constante conflicto con el mundo en derredor, un mundo impelido por la velocidad. Por lo tanto debemos identificar la raíz de nuestra resistencia y tratar de cambiar nuestra visión para ver la velocidad como la fuerza positiva que puede llegar a ser, y terminar con nuestra oposición. Es el primer paso para prosperar en la Era de la Velocidad.

Debemos aceptar que si queremos velocidad en nuestras vidas otros nos la van a exigir también, y que la única forma de lograr velocidad es darla.

Cuando aceleramos el trabajo monótono y fatigoso disponemos de más tiempo para apreciar las experiencias significativas.

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