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BLOG: Opciones de Vida
Carlos Gil
Carlos Gil

Especialista en Programación Neurolingüística

Enero 31, 2017

EL DESAMOR
Publicado: Enero 31, 2017

TOMADO DEL LIBRO “LA BONDAD DE LOS MALOS
SENTIMIENTOS”,
DE SUSANA MÉNDEZ GAGO

 

Se habla de las rupturas, de los amores no correspondidos, del sufrimiento del abandono, de los celos, de los amores imposibles, de las traiciones, pero no encontramos tantas referencias que describan detalladamente el proceso del desamor. La falta de preparación para aceptar que el desamor puede suceder provoca una ceguera que con frecuencia nos conduce por senderos de confusión y sufrimiento.

Para aproximarnos al desamor estamos obligados a hablar primero del amor. Empezaremos por decir que el amor no es un sentimiento repentino. Llega después de otro que le precede, el enamoramiento. Cuando nos enamoramos entramos en un estado de alegría, de euforia y atractiva atracción hacia una persona que nos hace estar exaltados y fuera de nosotros mismos. Admiramos e idealizamos al otro, celebramos haberle encontrado como quien descubre un tesoro en medio de la nada. Durante el enamoramiento no vemos con nitidez al objeto de nuestro afecto, generalmente toda su persona nos parece maravillosa y sus defectos
quedan difuminados.

La fascinación y la pasión unen a dos desconocidos que en ese momento creen que están hechos el uno para el otro. A medida que el tiempo transcurre, las personas van tomando posiciones más realistas y comienzan a verse tal y como son. Es un proceso en el que el enamoramiento se desvanece para dar paso al amor. No todos los enamorados llegan a ello, por eso muchas relaciones se rompen tras las mieles del enamoramiento: algunas personas toman conciencia de que no tienen nada en común que los mantenga unidos, mientras que otras, en cambio, se descubren positivamente y el enamoramiento inicial se transforma en amor.

El amor conlleva una posición más serena del uno con el otro. La pareja se conoce más, las convergencias y divergencias existen, pero la pareja convive en armonía con ellas. La imagen que cada uno tenía del otro es más real, las virtudes se constatan y los defectos se aceptan porque no hacen incompatible la relación. Los amados consolidan el proyecto conjunto que soñaron en el momento del enamoramiento.

El amor es un sentimiento frágil que muchas veces no basta para que una pareja se mantenga. Hay otros elementos, como la situación económica o laboral, que son de vital importancia que influyen en la salud de la relación amorosa.

Todos necesitamos amar y ser amados y desde pequeños aprendemos que debemos encontrar el amor para ser felices. Sin embargo, la idea que tenemos del amor está cargada de estereotipos y falsas verdades que se han ido alimentando peligrosamente a lo largo de los siglos hasta llegar a una concepción que provoca no pocas frustraciones.

La mercadotecnia del amor, conocedora de esa manera de percibirlo, nos ofrece productos que retroalimentan el estereotipo. Las productoras de cine apuestan en sus películas por finales felices en los que el amor triunfa, pues saben que son más taquilleras que las otras. Las discográficas hacen lo mismo lanzando a jóvenes promesas que cantan al amor sin descanso, pues son conscientes de que los consumidores adolescentes están ansiosos de experiencias y van a disfrutar con esas canciones sentimentaloides al borde de la histeria. Promueven el amor como un estado mágico al que se llega, y que una vez en él no hay que hacer nada más. Ninguno de ellos explica que el amor es el puerto de partida para viajar por la vida y que se necesitan ciertas habilidades de navegación para el viaje. La idea de “un amor para siempre” impide plantearse la posibilidad del desamor.

El desamor es invisible porque asumirlo supone aceptar que no son verdad muchos aspectos de la idea del amor que hemos dado por buenos.

Las costumbres atan a las personas y les nublan la mirada cuando llega el desamor e inclinan la balanza hacia la permanencia en la relación, sobre todo cuando se observa cierta incapacidad para gestionar el desamor y el cambio que conlleva.

El desamor es un sentimiento, un estado emocional que no emerge solo sin más. Para manifestarse, es requisito previo el amor, pues depende de él hasta el punto de que podría formar parte del mismo, como una sombra que lo acompaña y que se hace invisible por el destello del sentimiento amoroso.

Al desamor se llega por muchos caminos, aquellos que el propio amor ha ido marcando, como surcos en una tierra arada. No obstante, hay algo común a cualquier desamor: es una toma de conciencia inesperada, una lucidez de un instante en el que el sujeto se siente profundamente desprendido del anidamiento en el corazón del otro.

Es muy difícil aceptar el desamor cuando llega…, No nos han educado para reconocerlo. De hecho, es el sentimiento más negado. Es el gran omitido, y por ello, el que deja más confusos y perdidos a los sujetos.

Esa omisión colectiva del desamor pone de manifiesto un problema aún mucho mayor: el de la aceptación de que “todo tiene un principio y un final”, como los días que empiezan y terminan, la floración en la primavera y el declive en el otoño. La vida nace, muere y vuelve a resurgir en una espiral interminable, en la que el temido fin no es sino la antesala de una nueva vida. Nuestra negación del desamor no deja de ser una negación de la muerte, como si amando para siempre uno pudiera escapar de aquella.

Si desde la primera infancia nos educaran para la muerte, seguramente construiríamos nuestra vida de otra manera. Al formarnos en la conciencia de que un día hemos de desaparecer, las relaciones con las cosas y con las personas serían diferentes. Comprenderíamos desde niños que el hecho de poseer carece de sentido, que el “para siempre” es una invención de los temerosos. Estaríamos más en sintonía con la naturaleza y su ritmo.

Si aceptáramos el desamor no solamente cuando se produce, sino antes de que el enamoramiento inundara nuestro corazón, podríamos llegar al amor de una manera más saludable como personas y como sociedad, y sería posible prevenir algunos males que hoy nos aquejan.

Si desde niños se nos educara para el desamor en las escuelas, y si en los cuentos de príncipes y princesas se incluyera esa posibilidad, llegaríamos a él con mucho más acierto, conscientes de que el amor no lo puede todo, que es frágil y muchas veces se malogra. Comprenderíamos el desamor que no es un mal que aqueja a unos pocos, sino que todos estamos expuestos a él. Su presencia no se vería como un fracaso íntimo, sino con el dolor natural que se produce cuando algo que ha tenido una vida se muere.

En definitiva, si nos educaran para el desamor evitaríamos el sufrimiento gratuito, mucha mentira enloquecedora, y nos dispondríamos a vivir el duelo sin ningún tipo de resistencias, desde la aceptación y la conformidad. Aceptaríamos mejor la soledad, porque entenderíamos que es una parte inherente de nuestra existencia, y dejaríamos de buscar espejismos del amor como una huida de nosotros mismos.

Comprender el sentimiento de desamor nos llevaría a separaciones más responsables y maduras, en las que no se plantearían culpabilidades y se daría una aceptación serena de que ha llegado el final de un trayecto común.

Los hijos de las parejas en una situación de desamor también saldrían favorecidos, pues ello les permitiría vivir y comprender el proceso sin que sus progenitores se confundieran y les confundieran. Estarían menos expuestos a manipulaciones y a convertirse en portavoces de la ira de los adultos en litigio.

Serían hijos más libres y menos aferrados a la permanencia a cualquier coste, comprenderían desde jóvenes la futilidad del amor y lo cambiante que es la vida, que no se puede amarrar, que nace, muere y vuelve a nacer a pesar de la dirección que nos empeñemos en marcar.

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