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BLOG: Historias de Todos
David Arrieta
David Arrieta
Sus pasiones: dar terapia y platicar con ustedes en Historias de Todos
Febrero 9, 2017

​La tortuga y el dinosaurio
Publicado: Febrero 9, 2017

Había una vez un dinosaurio muy grande que vivía feliz en una cueva. Muy cerca de él vivía una pequeña tortuga de tierra en su madriguera. El dinosaurio y la tortuga eran vecinos, pero no se hablaban. El dinosaurio, como era tan grande, se creía superior a la tortuga.

El dinosaurio vivía solo, porque era el último de su especie. La tortuga, sin embargo, siempre estaba con otras tortugas y, aunque tenía mucho miedo al dinosaurio, siempre estaba contenta. A la tortuga nunca le faltaban amigos para pasear, charlar o jugar.

Un día pasó por allí un brujo. Ya era de noche y acampó justo entre la cueva del dinosaurio y la madriguera de la tortuga. El dinosaurio, al ver al brujo tan solo, se acercó y le ofreció algo de comida. El brujo y el dinosaurio charlaron alegremente durante horas. El dinosaurio no recordaba haber pasado nunca un rato tan divertido. La tortuga, al verlos tan animados, se acercó para ofrecer al brujo unas hojas grandes para que las usara para dormir. Al ver al dinosaurio tan contento pensó que no tenía nada que temer. Pero el dinosaurio, al ver a la tortuga tan pequeña e insignificante, se le quitaron las ganas de seguir charlando, de modo que se dio la vuelta y se fue. El brujo se quedó charlando con la tortuga un ratito más antes de irse a dormir.

Por la mañana, antes de irse, el brujo les dijo a sus nuevos amigos:

– Os concederé el deseo que queráis para agradeceros lo amables que habéis sido conmigo.

La tortuga respondió:

– Yo quiero ser como el dinosaurio.

El dinosaurio, muy sorprendido, no pidió ningún deseo. Si la tortuga quería ser como él ya no estaría jamás solo, y tener compañía era lo que más deseaba en el mundo.

El brujo dijo que el deseo se cumpliría al día siguiente. Y se fue.

La tortuga se despidió de todos sus amigos y pasó la noche fuera de su madriguera. No quería quedarse atascada en su agujero cuando se convirtiera en dinosaurio.

Pero a la mañana siguiente la tortuga no se había convertido en un dinosaurio, sino en una tortuga gigantesca. Fue a buscar a sus amigos, pero ninguno le hizo caso. Ninguno entendía que la tortuga hubiese pedido aquel deseo tan extraño y todas estaban un poco enfadadas con ella. La pobre tortuga se sintió muy sola y triste. El dinosaurio se acercó a ella y le dijo que no tenía de qué preocuparse. Él sería su amigo.

– Ha sido muy bonito que tu deseo fuese ser como yo – le dijo.

La tortuga se sentía muy triste ante el rechazo de las de su especie y por eso, en cuanto el brujo apareció de nuevo por allí el dinosaurio fue corriendo a hablar con él:

– Un momento brujo, me debes un deseo.

– Pero te recuerdo que no quisiste pedir ninguno…

– Lo sé, pero no te lo pedí porque pensé que con el deseo de mi vecina la tortuga se cumpliría el mío también. Pero está muy triste y quiero ayudarla. Mi deseo es que le devuelvas a sus amigos.

El brujo le concedió al dinosaurio su deseo, la tortuga volvió a su tamaño normal y el brujo se fue. Desde entonces la tortuga visita todos los días al dinosaurio y se han hecho grandes amigos. La tortuga ha descubierto que hay cosas más importantes que el tamaño, y el dinosaurio se ha dado cuenta que la amistad puede brotar entre seres muy diferentes si hay voluntad.

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